Hoy sábado Hayley y yo recogemos el coche de alquiler que hemos reservado para el fin de semana. Es una agencia americana bastante más barata que las locales. La única pega es que tenemos que ir a recoger el coche hasta Sainte Luce, un pueblo costero del sur de la isla.
Una vez que lo tenemos, paso a recoger a Vicent y a Cristina para ir a Anse d'Arlet, una de las playas más bonitas de la isla junto con Sainte Anne y les Salines (esa última sigue pendiente) y allí nos esperan los tres de Schoelcher, Elena, Úrsula y su novio martiniqueño. El conducir se me da mejor de lo que pensaba. No estoy acostumbrada a conducir uno de gasolina, y tengo que ir con mil ojos para tener mucho cuidado, por no hablar de las carreteras y de las cuestas que hay aquí. Ya he comenzado a grabar pequeños vídeos con los que haré una compilación para haceros una muestra de las carreteras que hay por aquí. La misma calle de mi casa tiene una pendiente muy pronunciada; aparcar y sacar el coche es todo un deporte de riesgo.
La playa de Anse d'Arlet es preciosa e idónea para hacer buceo y snorkel. El buceo lo dejaremos para más adelante, hoy nos turnamos con las gafas de Rubén. El agua es totalmente transparente, incluso desde la superficie se puede apreciar el fondo. Rubén y yo nos aventuramos un poco y nos alejamos de la orilla. Encontramos estrellas de mar, preciosas. Le pido las gafas y me sumerjo para coger una y enseñarla a los que se han quedado en la orilla. Es naranja, dura, con muchas púas que no hacen daño si la coges con cuidado. Además, Andrea, una de las chicas que vive en Schoelcher con Rubén y Ángela, tiene una cámara acuática y nos dedicamos a hacer el cabra con ella. He dejado las fotos en el álbum.
Ellos se vuelven a Shoelcher antes del anochecer. El plan es ir a la capital al bar donde fuimos el otro día, le Garage, a tomar algo. Nosotros nos quedamos un poco más para ver el atardecer y nos organizamos para ir a Schoelcher. Vamos a Trois-Îlets, Vicent y Cristina se duchan y luego vamos a mi casa a cenar todos junto con Elena, Úrsula y Axel para ir después a le Garage. Cenamos tortilla de patata y nachos con guacamole. El padre de Elena es mejicano, por lo tanto, le sale buenísimo. Hablamos de las cosas buenas y malas de Martinica, Axel nos da la razón en todas y cada una de ellas... Y además me ayuda con un problema que tenía con el ordenador. Como sabéis, dependiendo del país en el que vivas, tenes ciertos límites de acceso a páginas de otros países. Desde España nunca he podido ver la televisión francesa por Internet, por ejemplo, y cuando me fui de Erasmus tuve que dejar de usar Spotify porque no me dejaba al tener perfil español. Aquí me ha pasado lo mismo. Hace dos semanas me reconocieron el perfil español de Spotify y me limitaron el acceso. Yo sin mi música no soy nada, y ahí tengo más de 67 listas de reproducción con cientos de canciones en cada una de esas listas, hechas para el humor que tenga en ese momento, según el estilo, el idioma... Vamos, que no lo puedo empezar de cero con otro programa sin volverme loca. Mientras contaba esto, Axel me dijo que él conocía una extensión para Google Chrome que desbloqueaba los contenidos "prohibidos" en todos los países del mundo. Me la instaló y me reconfiguró el navegador y vuelvo a tener mi almacén bolso de Mary Poppins de Spotify. Feliiiz.
Después de cenar, Úrsula y Axel se bajan del barco, Hayley se va con un amigo por ahí y no volverá hasta mañana y nos quedamos los demás en el plan de le Garage Allí nos esperan los demás junto con los auxiliares de portugués brasileño. Llegamos bastante tarde porque la cena nos ha retrasado. Una vez allí decidimos hora y sitio para el plan de mañana domingo y nos retiramos después de medianoche.
Parecía que iba a ser un día perfecto pero... Justo cuando salíamos del centro de la capital, me como un bordillo de la carretera, pincho una rueda y me cargo el embellecedor de la parte inferior del coche, a la una de la madrugada en pleno centro de la capital, en una zona no muy aconsejable para moverse de noche. Menos mal que iba con compañía, que me tranquilizan y entre todos empezamos a trastear con el gato del coche mientras Vicent afloja las tuercas de la rueda. Parece que hay que desplegarlo de alguna manera pero no sabemos cómo. Un hombre que pasaba por esas calles desiertas nos ofrece su ayuda. Con lo desesperados que estamos, aceptamos. Resulta ser un buen tío; nos muestra como hacerlo y, efectivamente, era una tontería. Nos estábamos complicando la vida. Cuando ya tenemos la rueda cambiada, metemos el embellecedor en el maletero y nos ponemos en marcha. Dejo a Elena en Ducos en primer lugar y luego continúo hasta Trois-Îlets para dejar a Vicent y a Cristina. A la entrada del pueblo me para la gendarmerie (la policia): control de alcoholemia. Han tenido la genial idea de plantar el control en medio de una cuesta. Entre los nervios que llevo encima, el embrague, el freno de mano... Tengo que hacerlo dos veces porque a la primera lo hago mal. Mientras estoy haciendo el segundo intento, un coche que viene detrás de mí ve el control y se da la fuga. Cuando terminan conmigo, varios policías se montan en la furgoneta y van tras él. Nosotros seguimos. Después de dejarles en casa, me toca hacerme 16 kilómetros hasta mi casa sola, de noche. Menos mal que esa carretera ya me la he hecho muchas veces en este mes, Cuando vuelvo a pasar por el control, me vuelven a parar. El policía que me había hecho el control no estaba. Le explico al policía que ya lo he hecho pero que su compañero ha ido a por el que se ha dado a la fuga, pero me dice que es su obligación hacérmelo. Una vez más, entre los nervios que llevo encima, que tiene un acento criollo incomprensible que estoy en cuesta con todos los colegas alrededor del coche mirando y yo con ganas de gritar "¡¡que no estoy borracha, sólo soy extranjera!!". Cuando di 0,0 creo que le di penica por la cara que me puso cuando me dijo que continuara. A las 3 de la mañana llegaba a casa... Y antes de meterme a la cama comunico en el grupo lo que me ha pasado, pero que ya estoy sana y salva en casa. Me meto a la cama con ganas de dormir durante una semana.
Pero el día no acaba ahí. Claro que no. Con el karma que gasto últimamente, tenía que pasar algo más para redondear el día. Como he dicho, hoy dormía sola. Eran las cinco y media de la mañana, yo dormida como un tronco pero algo me despierta. Escucho ruidos en la puerta de casa y en mi ventana. Abro los ojos. Hay algo de luz ya pero voy sin gafas. Veo en el reflejo del espejo de mi habitación una silueta de un tío negro muy alto mirando a través de mi ventana. Cagada de miedo me quedo quieta y la silueta se mueve hacia la puerta. Oigo que grita mi nombre pero estoy tan grogui que no reconozco la voz. Me levanto y pienso en coger la raqueta eléctrica pero no la veo. Mientras me muevo al salón buscándola con la mirada grito que quién es. Era Laurent. He tenido mínimo seis infartos en ese minuto y medio. Le abro la puerta y él está sonriente y contento porque por fin le he oído. Le meto de un tirón para adentro y, mientras mi cara recupera el color rojo gamba que ha adquirido hoy, le empiezo a soltar una bronca en francés, inglés y con tacos en español porque soy incapaz de hablar bien en un idioma que él comprenda con los nervios y el sueño que gasto. Me explica que ha tenido una fiesta en la capital, que ha bebido mucho (no hace falta que me lo jure) y que no quiere ir así hasta su casa, en el sur de la isla, y que a ver si puede dormir aquí hasta que se encuentre mejor. Le señalo el sofá, le saco un cojín, le pido disculpas por mis nervios, le cuento la noche que he tenido y le pido que la próxima vez me llame antes al móvil, porque como me vuelva a hacer algo así no le queda isla de Martinica para correr. Y me vuelvo a mi habitación a dormir.
Si esta isla no es un máster en la escuela de la vida, que baje Dios a negármelo. Voy a volver bien curtida...

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