Hoy me levanto a las cinco y media para hacer cosas antes de quedar con los auxiliares. Me meto un desayuno de señor general, porque el día va a ser largo.
Hoy vamos a ir al Jardin de Balata. Es una creación de Jean-Philippe Thoze. Abrió sus puertas en 1986 y su nombre proviene de un tipo de árbol muy común en Martinica años antes. La propiedad era de su padre y sólo contaba con una simple casa de campo. Posteriormente la revendieron a la abuela del propietario actual que en un principio la utilizó como una casa secundaria y después como domicilio principal durante su jubilación. Poco después desapareció y el lugar estuvo abandonado durante diez años. Por aquel entonces, Jean-Philippe Thoze se había convertido en horticultor y gerente de una empresa de jardinería y aprovechaba lugares abandonados para guardar las plantas que traía de sus viajes. Un día la familia decidió vender la propiedad, Jean-Philippe se interesó y fue a verla; se enamoró al instante y se la quedó. La convirtió en una sabana donde dejó que la naturaleza siguiera su curso y, progresivamente, se ha convertido en un jardín que alberga más de 3000 especies de plantas tropicales.
Nos lleva uno de los amigos de Hayley en coche y allí nos reunimos con más auxiliares españoles y estadounidenses. Empezamos a pasear. El sitio es maravillosos... Todo es verde excepto el cielo azul y las motitas de colores que conforman todas las flores que saltan a la vista. Nos vamos deteniendo a cada momento para sacar fotos. Los lagartos saltan de árbol en árbol pero las iguanas se mantienen escondidas. Sólo conseguimos ver la cola de una que huye a esconderse al oír nuestro paso. Los pájaros guardan silencio cuando nos acercamos, pero conseguimos encontrar un tesoro: un colibrí. Es muy pequeño, del tamaño de un abejorro grande y es difícil de fotografiar. Pero lo conseguimos. Os dejo la foto en el álbum (arriba a la izquierda).
Seguimos el paseo. Nos perdemos un par de veces porque se me ocurre la genial idea de ir a la cabeza y, con mi sentido de la orientación característico de las setas, pues pasa lo que pasa. Nos encontramos con palmeras, estanques y pequeños tejadillos de arquitectura criolla donde nos podemos sentar a disfrutar del paisaje. La mezcla de aromas, el silencio únicamente interrumpido por el crujido del bambú y el cantar de los pájaros... Qué pena que tengamos que romper toda esa magia creando una nube tóxica de spray antimosquitos. Somos el plato fuerte del día. Cuando estamos volviendo a la salida, nos encontramos con otro grupo de auxiliares que ha llegado tarde. Muy tarde. Como ya estamos dentro, volvemos a recorrer el jardín con ellos, les sacamos fotos y hacemos un poco el cabra.
Después decidimos comer en un restaurante que hay cerca. En teoría. Yo he visto el cartel cuando subíamos hacia aquí, pero ha desaparecido mágicamente. Nos recorremos kilómetros montaña arriba montaña abajo (en coche) buscando el sitio y no hay manera de volver a encontrarlo, así que acabamos yendo a la capital a comer al centro comercial. Después de comer nos venimos arriba y hacemos planes para el resto de la semana. Todos los días algo. Hay que aprovechar que ahora tenemos tiempo libre. Y también aprovechando que estoy en la civilización, corro a hacerme un número de móvil gracias a Rubén, que tenía una tarjeta SIM de sobra y me la ha dado para que pueda utilizarla. También aprovecho para comprarme un pañuelo para la cabeza porque me quemo el cuero cabelludo todos los santos días... Ya me he aprendido tres maneras diferentes de ponérmelo.
El plan de hoy continúa. Lo siguiente es ir a una soirée española que han organizado en un bar de la capital. Yo estoy que me duermo por las esquinas pero allí que vamos, sin pasar por casa y sin ducha.
Allí nos encontramos con Tomás y su mujer, María, que se apuntan a un bombardeo. El camarero me suena mucho pero no sé de qué. Al final caigo: es el chico colombiano que conocí en la fiesta de bienvenida de Aube. Se acuerda de mí. Intercambiamos números (¡por fin puedo hacerlo!) y nos sirve sangría a precio de sangre de unicornio. Es eso o pedir Desperados, que está a precio de tinta de impresora.
Entre todos nos montamos una competición a los dardos. Soy malísima. Pero... otro nivel. Haciendo caso a unos y a otros consigo que al menos se claven en la diana, y poco a poco, que al menos se acerquen a donde intento apuntar con toda mi alegría. Mientras tanto conocemos a gente que se ha animado a la fiesta y conocemos a un grupo de franceses que han venido aquí a hacer una pasantía. Son policías y se van en tres días. Uno de ellos tiene familia en Granada y habla muy bien el español. Intentamos sonsacarle historias sórdidas de Martinica, y hay mucho que no nos quiere contar... Hay cosas malas en todas partes, esto no es el paraíso.
Muchos ya no podemos con nuestro cuerpo y nos vamos a casa. A las 2 am me meto a la cama. 22 horas despierta y sin parar quieta. No sé si es por eso, porque hemos bebido bastante o por el calor, pero me quedo frita durante diez horas seguidas, cosa que no había conseguido hacer hasta ahora. Ni los mosquitos pueden contra eso.
Nos lleva uno de los amigos de Hayley en coche y allí nos reunimos con más auxiliares españoles y estadounidenses. Empezamos a pasear. El sitio es maravillosos... Todo es verde excepto el cielo azul y las motitas de colores que conforman todas las flores que saltan a la vista. Nos vamos deteniendo a cada momento para sacar fotos. Los lagartos saltan de árbol en árbol pero las iguanas se mantienen escondidas. Sólo conseguimos ver la cola de una que huye a esconderse al oír nuestro paso. Los pájaros guardan silencio cuando nos acercamos, pero conseguimos encontrar un tesoro: un colibrí. Es muy pequeño, del tamaño de un abejorro grande y es difícil de fotografiar. Pero lo conseguimos. Os dejo la foto en el álbum (arriba a la izquierda).
Después decidimos comer en un restaurante que hay cerca. En teoría. Yo he visto el cartel cuando subíamos hacia aquí, pero ha desaparecido mágicamente. Nos recorremos kilómetros montaña arriba montaña abajo (en coche) buscando el sitio y no hay manera de volver a encontrarlo, así que acabamos yendo a la capital a comer al centro comercial. Después de comer nos venimos arriba y hacemos planes para el resto de la semana. Todos los días algo. Hay que aprovechar que ahora tenemos tiempo libre. Y también aprovechando que estoy en la civilización, corro a hacerme un número de móvil gracias a Rubén, que tenía una tarjeta SIM de sobra y me la ha dado para que pueda utilizarla. También aprovecho para comprarme un pañuelo para la cabeza porque me quemo el cuero cabelludo todos los santos días... Ya me he aprendido tres maneras diferentes de ponérmelo.
El plan de hoy continúa. Lo siguiente es ir a una soirée española que han organizado en un bar de la capital. Yo estoy que me duermo por las esquinas pero allí que vamos, sin pasar por casa y sin ducha.
Allí nos encontramos con Tomás y su mujer, María, que se apuntan a un bombardeo. El camarero me suena mucho pero no sé de qué. Al final caigo: es el chico colombiano que conocí en la fiesta de bienvenida de Aube. Se acuerda de mí. Intercambiamos números (¡por fin puedo hacerlo!) y nos sirve sangría a precio de sangre de unicornio. Es eso o pedir Desperados, que está a precio de tinta de impresora.
Entre todos nos montamos una competición a los dardos. Soy malísima. Pero... otro nivel. Haciendo caso a unos y a otros consigo que al menos se claven en la diana, y poco a poco, que al menos se acerquen a donde intento apuntar con toda mi alegría. Mientras tanto conocemos a gente que se ha animado a la fiesta y conocemos a un grupo de franceses que han venido aquí a hacer una pasantía. Son policías y se van en tres días. Uno de ellos tiene familia en Granada y habla muy bien el español. Intentamos sonsacarle historias sórdidas de Martinica, y hay mucho que no nos quiere contar... Hay cosas malas en todas partes, esto no es el paraíso.
Muchos ya no podemos con nuestro cuerpo y nos vamos a casa. A las 2 am me meto a la cama. 22 horas despierta y sin parar quieta. No sé si es por eso, porque hemos bebido bastante o por el calor, pero me quedo frita durante diez horas seguidas, cosa que no había conseguido hacer hasta ahora. Ni los mosquitos pueden contra eso.
La conclusión que hemos sacado hoy (al menos yo) es que no sólo tenemos suerte por estar aquí, sino que estamos muy bien rodeados. C'est parti, les amis!


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