miércoles, 1 de octubre de 2014

Lunes, 29 de septiembre: Llegada a Martinica

Como muchos sabéis, el comienzo de esta aventura fue poco ortodoxo. A partir del 23 de julio, cuando el Ministerio me ofertó una plaza de auxiliar en Francia, me pasé el resto del verano esperando llamada/correo/carta/paloma mensajera de la académie que me hubieran adjudicado pero nunca llegó. Mientras tanto, me informaba en Internet y en los foros de Facebook para intentar contactar con autoridades francesas y poder empezar a organizar el viaje. Por fin conseguí un contacto de la coordinadora de auxiliares españoles en el CIEP de Francia y el 12 de septiembre me comunicó que me habían destinado a la académie de Martinica. Lo que aluciné en ese momento no se lo imagina nadie. Pero no lo dudé.
Rápidamente comencé con los preparativos y mientras tanto, el comunicado oficial junto con la documentación que necesitaba, no llegaba. Todo el mundo estaba maravillado con semejante noticia y me pedían detalles y yo no sabía cómo explicar que no tenía ni idea de nada, que sólo tenía seguro que quería irme.
Mosquiteras, repelente, pastillas potabilizadoras de agua. Recibo un e-mail de una señora ofreciéndome alojamiento en Sainte-Luce, un pueblo de Martinica, una casa maravillosa y estupenda en un sitio aparentemente costero, con cama de matrimonio, compañeros de piso extranjeros, llamadas internacionales gratuitas, todos los gastos incluidos en un módico precio que era, además, muy atractivo. Al parecer, mi tutora le había pedido que me buscara alojamiento y me instigaba a aceptar o rechazar la oferta con rapidez. Mi cara debía de ser de libro. ¿Quién era mi tutora y por qué no se había puesto aún en contacto conmigo? ¿Desde cuándo sabían que me habían destinado allí? Mandé un correo explicándole mi situación y esperé.
Certificados médicos, vacunas, indicaciones sanitarias. Mientras tanto intercambié un par de correos con mi tutora, descubrí que la casera de Sainte-Luce era la hermana de mi tutora. Ambas me presionaban para que aceptara. Empezaron a hablar de dinero, no me gustaba cómo se estaban desarrollando las cosas y decliné la oferta. No supe nada más de ella hasta que la vi en Martinica. A su vez desplegué todas mis habilidades detectivas (jejeje) y comencé a frikear gente que vivía en Martinica en Facebook. Me metí en el foro de españoles que iban a Martinica, encontré a la auxiliar que estuvo en mi lugar el año pasado (un abrazo enorme, Beatriz) y me metí en otro foro de españoles en las Antillas. Ahí conocí a Tomás, un español que creció en Francia y que vive con su mujer en Martinica. Gracias a él conseguí contactar con el rectorado de la académie, y así supe en qué establecimientos iba a trabajar, y contacté con mi otro tutor, Jean-Paul. Éste se enteró de que me habían admitido por mi e-mail, por lo que comprobé que la organización interna a esas alturas estaba un poco caótica. Todo eran problemas, pero y iba a ir a Martinica aunque fuera lo último que hiciese en esta vida. Finalmente, no sólo me confirmó que había hecho bien en rechazar el alojamiento en Sainte-Luce sino que se ofreció a ayudarme a buscar y a recogerme al aeropuerto. 
Renovación de pasaporte, DNI, carnet de conducir internacional. Los ataques de nervios que habían protagonizado mi día a día la anterior semana iban desapareciendo poco a poco. Mis amigos me echaban un cable y me ayudaban a desconectar cuando lo necesitaba, y gente con la que no hablaba habitualmente me tendió una mano. Lo más importante lo dejé para el final: comprar el billete de avión. Con Air Caraïbes, claro, que la huelga de Air France era bastante sonada. Iría hasta París en tren y pasaría un día con mi querida amiga Tere. La fecha se acercaba, me moría de ganas de ir pero a la vez tenía una sensación de vértigo que no había experimentado nunca. 
Dieciocho días después mis dos maletas de veinte kilos y yo estábamos en el aeropuerto de Orly preparadas para coger el avión, que por cierto retrasaron, y mucho. Por suerte, coincidí con Clara, otra auxiliar a la que le había afectado la huelga con Air France. También coincidimos con Tomás, que había estado de vacaciones en Europa y volvía a la isla ese día. Durante el largo viaje nos dio tiempo a interrogar a medio avión sobre la isla, a ver una película, a contarnos nuestra vida con pelos y señales, a hacer chistes sobre la comida del avión y a un par de ataques de nervios más. 
Casi nueve horas después de haber despegado en Europa, la vimos. Un trozo de tierra en medio de la mayor superficie de océano que había visto en mi vida, que llegaba hasta donde alcanzaba la vista y se fusionaba con el cielo azul. Era completamente verde y frondosa como una esponja; al norte se apreciaba el volcán gobernando la isla y al oeste se veía la bahía de Fort-de-France. Clara y yo no sabríamos describir lo que sentimos en aquel momento, unos minutos antes de aterrizar en la caja de sorpresas que iba a ser nuestra casa durante ocho meses.
Tal y como había prometido, Jean-Paul estaba esperándome pacientemente a pesar del gran retraso del avión. Aún recuerdo la impresión que me causó el peso del aire sobre los hombros, un 85% de humedad que hacía que el pelo me humedeciera completamente. Jean-Paul me llevó a ver un posible alojamiento en Ducos, a mitad de camino entre los dos pueblos donde trabajo; la casa era magnífica, pero quería ser prudente y dije que quería pensarlo un par de días. Mientras tanto, llamé a Tomás para preguntarle si podía dormir aquella noche en su casa. Me contestó que en veinte minutos me esperaba en Trois-Îlets. Sí, cualquier día le voy a construir un monumento enfrente de la mairie de su ciudad.
Yo estaba que no podía con mi alma pero él, con el espíritu aquí-ahora que gasta, me dijo que había organizado una soirée en un local de la bahía con el comandante del avión que nos había traído. El local era un bar-restaurante precioso a la orilla de la bahía, donde se oían los animales nocturnos y nada más. Tomé un cóctel de ron martiniqués y me encantó. Hay que destacar que normalmente no soporto el ron. La conversación de aquella noche pasó de cabinas de avión y controles aéreos a gastronomía española pasando por peculiaridades de la isla. Hubo momentos en los que mi cabeza dejaba de escuchar, en parte por el sueño provocado por las 27 horas que llevaba despierta y viendo luz, en parte porque no podía dejar de mirar a lo lejos intentando convencerme a mí misma de que estaba en el Caribe a siete mil kilómetros de distancia de mi casa y no en una playa de País Vasco a menos de dos horas de Pamplona. A día de hoy, sigo sin tenerlo asimilado. 

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