domingo, 30 de noviembre de 2014

Sábado, 29 de noviembre de 2014: día surrealista volumen mil y uno.

Con apenas unas pocas horas dormidas, Javi y yo nos despertamos en el suelo de la cocina de casa de Rubén, Ángela y Andrea. El colchón está prácticamente deshinchado (después descubrimos que estaba pinchado) pero eso no es lo más incómodo, sino que nos entra el sol de cara por las ventanas sin persianas. Es algo que nunca entenderé de este país. Hay mosquitos y mucho calor, pero no hay persianas ni mosquiteras en las ventanas. Incomprensible. La cosa es que a las ocho de la mañana el sol pega que no veáis y es imposible seguir durmiendo. Nos levantamos y acompañamos a Rubén a una cita que tenía con el médico. Después de eso, nos vamos a dormir la mona un poco a la playa y cuando ya estamos más descansados, empezamos a preparar la comida de esta noche.
Aunque Acción de Gracias fue el jueves, Clara (con la que coincidí en el avión) y su compañera americana Fiona han ofrecido su casa para que todos los auxiliares nos reunamos. Hay que preparar algo de comer y llevarlo. Javi me salva de mi relación amor-odio con la cocina y le hago de pinche con sus recetas para que las podamos llevar en nombre de los dos, y como resultado obtenemos un bizcocho de zanahoria, un brownie de chocolate y galletas de mojito. No hubo muertos ni heridos leves. Por su parte, Ángela, Andrea y Rubén hacen croquetas de pollo y de pescado. 
Conseguimos terminar con tiempo para poder comer en la crepería que tienen debajo de casa. Las raciones son muy grandes y variadas. Yo me pedí una de pollo, patata, queso brie y queso de cabra. Y de ahí, volando a Case Pilote a probar las motos de agua.
Nunca había montado en una. No podemos conducirlas porque son muy grandes, pero Andrea tuvo suerte y le dejaron. En la primera ronda nos montamos Ángela y yo y nos dieron un paseo muy largo. Pasamos más de tres cabos, llegamos a la central eléctrica y vimos los acantilados desde una perspectiva que difícilmente habrías conseguido ver si no fuese por esa experiencia. El piloto nos decía si queríamos más velocidad y nos faltaba tiempo para responder. Alcanzamos unos 120 kilómetros por hora, pero la sensación al ir al descubierto hace que parezca que es mucho más. Hay que agarrarse muy fuerte para no caerse, porque con las olas las motos pegan unos saltos en el aire que te hacen rebotar. De hecho, nos tenemos que montar con ropa porque el bañador es resbaladizo para hacer eso. Fue increíble, y seguramente repitamos, pero ya por fin pilotando.
A todo esto, con tanta emoción del momento, olvidé que en uno de los bolsillos de los shorts llevaba el móvil. Sí, acabó en el mar. No, no murió, lo saqué vivito y coleando (a todos los que os metíais con mi zapatófono, quien ríe último ríe mejor...). Ahora mismo lo he mandado de retiro espiritual a un bol con arroz por si las moscas. Estoy incomunicada, sin despertados y sin reloj. Después, entre una cosa y otra, acabamos conociendo a la pareja de nuestro amigo. Tiene familia en Barajas (sí, Barajas Madrid) y habla muy bien español. Tiene dos hijas guapísimas y muy simpáticas.
Cuando llega la hora de irnos, nos lleva en la parte trasera de su camioneta hasta su casa para que vayamos allí directamente la próxima vez. Esa imagen será inolvidable: nosotros cinco con una de las niñas sentados en la parte de atrás de la camioneta agarrándonos para mantener el equilibrio con el viento en la cara. Seguíamos sin procesar desde el momento en el que se acercó a hablar con nosotros en el supermercado.
Una vez que nos hemos despedimos, volvemos volando a Schoelcher a prepararnos para ir a François a la cena de Acción de Gracias. Llegamos una hora tarde (en nuestra línea española). Han preparado una mesa enorme, seremos más de cuarenta personas contando con su casera, su hija, amigos de la hija, los auxiliares de España, Inglaterra, Estados Unidos, Escocia y Canadá. Vamos hablando por turnos para contar qué hemos preparado y también para que cada uno de las gracias por lo que se considere afortunado. Me parece bonito y el pavo tradicional está buenísimo.
Y después, música, está claro. Me muero de ganas de bailar y eso hago durante toda la noche mientras hablamos con unos y con otros. Salsa, bachata, merengue e incluso ritmos africanos. Fiona es amante de la cultura africana y tiene mucho repertorio. No es nada fácil ese tipo de baile.
Fue un día para recordar. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario