Hoy os quiero presentar a una persona muy especial.
Se llama Rebeca y la conocí en la universidad. En poco tiempo se convirtió en una de las personas más especiales de mi vida, quizá porque nunca conocí a nadie como ella. Tiene un corazón enorme, de oro y relleno de chuches y la sonrisa más amplia que jamás vi a nadie. En mis peores días consiguió hacerme sonreír recordándome que debía sentirme especial porque tengo las mismas iniciales que Mickey Mouse y tengo un apellido que deriva de montaña (así me llama ella), y que por eso soy grande, fuerte y me gusta la nieve. Y eso es lo que me gusta de ella. Siempre ve lo bueno de la gente, quiere que nos demos cuenta de lo que tenemos y le da igual todo lo demás.
Hoy os hablo de ella porque la echo de menos. Y más que lo voy a hacer. No contenta con estar a más de siete mil kilómetros de distancia (mea culpa, lo sé), hace poco decidió irse a Tailandia durante un tiempo a realizar trabajos de voluntariado con niños necesitados que han sufrido tráfico sexual y más vejaciones. Ha decidido pasar Navidad y más tiempo después muy lejos de su casa para ayudar a personas necesitadas. A pesar del bajón que me dio al averiguar que nos van a separar casi 16.000 kilómetros y 11 horas de diferencia, no puedo estar más orgullosa por poder contar con alguien tan especial que me saca lo mejor de mí.
Y siendo positiva como ella, le deseo lo mejor del mundo y esperaré impaciente su vuelta.
Porque mi sol seguirá siendo el mismo que el suyo.
Te quiero.


